Tomás vive para la noche y muere el resto del dia, se acurruca al fondo de su bolsita polar, se hace bolita y ahí se olvida, como un cactus recién florecido, una belleza erizada de puas pequeñas y brillantes acariciando la oscuridad.

Cuando cae la tarde y las sombras se hacen más largas, Tomas se desenreda, se estira y se derrama sobre el suelo, abre lentamente sus ojitos azabaches, vivísimos, y observa atentamente cuanto le rodea. Eso sí, siempre que el silencio se lo permita, porque para cobarde a Tomás no hay quien le gane. Que si la luz está muy fuerte, que si la tierra tiembla, que si el caño gotea, que si algo huele extraño: cualquier tipo de ruido, olor o actividad sospechosa es motivo suficiente para que Tomasito no quiera salir y no hay quien lo haga cambiar de opinión, al menos por las buenas. Pero si nada lo espanta, lo primero que hace al levantarse es correr al bebedero para asearse. Allí se limpia los dientes, hace gargaras, escupe, se huele las axilas, el pubis, se peina las puas, ¿todo ok?, perfecto, y sale; un animalito muy pulcro este Tomás. Pero si siente que algo anda mal con su imagen, pues se devuelve a su bolsita y resuelve no salir hasta que todos se hayan ido, o hasta que él sienta que todos lo han olvidado y nadie más lo observa.

Tomas sabe que la noche no tiene nada que envidiarle al día. Sabe que el canto de las aves no es más canto que el de las cigarras que hacen danzar a la luna y sus estrellas; estrellas que para Tomás son como erizos en el firmamento, ángeles hechos a su imagen y semejanza que salen a dar vueltas alrededor de la luna, aprovechando la huida del sol. Tomás cree en la vida eterna. Nunca me lo ha dicho, pero lo deja entrever. Para él, el firmamento está plagado de erizos celestiales que lo cuidan de los peligros del mundo exterior. Lo noto cada vez que lo saco de su vidriera y lo deposito en el suelo. Ahí se queda inmovil, mirando a todos lados de reojo con sus globitos saltones. Prisionero del terror, se acuerda de la noche y mira al cielo consternado buscando sus estrellas, pero éstas no estan. Entonces recuerda que aún cuando no logre verlas ellas están siempre allí, mirándolo todo desde arriba, su actitud cambia, se encomienda al cuidado de sus ángeles protectores y sale a explorar. A veces lo saco a pasear al parque y lo dejo caminar sobre su cesped crecido, a veces también me escondo y Tomás me pierde de vista, se desespera y se imagina perdido en el corazon de un bosque olvidado, donde el tiempo dejó de pasar hace mucho y el silencio que añora no es más que un recuerdo vago. Entonces se envalentona, se santigua y se adentra en las entrañas de aquel monstruo verde. Algunas aves que sobrevuelan el lugar bajan a conocer al extraño visitante, siempre conservando prudente distancia atemorizados, sin dudarlo, de su armadura. Tomás les dice que no teman, que se acerquen, que sólo quiere ser su amigo, y les cuenta de su casa, de su bolsita, de sus estrellas y sus cigarras, de su bebedero y su ruedita. Luego les pregunta sobre ellos, sobre cómo es la vida afuera, y son las palomas más viejas quienes suelen contarle las historias más deslumbrantes que un erizo urbano podría escuchar. Así, mientras las palomas le narran sus historias y el sol acaricia su rostro, Tomas estira su barbilla sobre el cesped y deja volar su imaginación con ellas, siempre guardando preguntas para el final de los relatos, algunas de las cuales las palomas no saben responder, pero igual prometen traerle una respuesta para una próxima ocasión. Cuando el sol enrojece y llega la hora de partir, las palomas empiezan a despedirse, levantan vuelo y Tomás las ve alejarse desde su posición, batiendo la patita en señal de despedida. Cuando sus amigas no son más que un puntito en el horizonte, Tomás cierra los ojos y se imagina volando con ellas hasta la orilla más alejada de la mar, donde descansan las mismas viejas caracolas que desde siempre suelen contarles al oido a los viajeros que quieran oir, y sepan escuchar, las historias y leyendas de ultramar.

Abre los ojos, el vuelo le ha despertado el apetito, comienza a hurgar por comida bajo la suave hierba, encuentra un gusano, lo mira, lo huele, lo azuza, lo intimida, lo interroga con los ojos, ¿y tú a qué sabes? pareciera preguntarle, le da vueltas de un lado a otro con su patita, ¡No jueges con la comida! -le grita un pajarillo-, Tomás se averguenza, se sonroja, se arrocha, se encoge de hombros y pide disculpas al señor gusano, este las acepta, sonrie complacido y ¡plum! se lo traga de golpe, ahora sí, sin remordimientos. Da media vuelta y busca el camino de regreso a su hogar, sin prisas, sin temores, después de todo, la noche siempre encuentra su camino, y en este, Tomás siempre haya su lugar, ¿no mi querido scotchbrite?.

Su nombre era Alheli y constituía para mi poesía en su estado más puro. Tan en alto la tenía yo que ni siquiera me atrevía a tener pensamientos oscuros con ella ¡así de alta la tenía!. Solia verla en clase de mate, historia y otras materias que no logro recordar. Y cómo recordarlas si toda mi atención se iba con ella y la clase al carajo. Total, para eso estaban los amigos, los que copiaban todo clarito y me prestaban sus cuadernos para después.
Recuerdo que ella andaba con una amiga de facciones equinas, en serio; una chica altiva la verdad no sé de qué. Eso era lo único que no me gustaba de ella, que pudiera ser amiga de alguien tan odiosa. Pero ni modo, si quería llegar a Alheli debía ejercitarme en materias ecuestres, conocer algo de sus códigos y sus relinchos.Recuerdo que una vez pretendí hacerle conversa a la equina aprovechando que estaba conversando con otra chinche que sí conocia bien. Me paré al lado de las dos tratando de entrarle... uno, dos, tres minutos y nada. Seguían conversando sin darme cara, ignorándome peor que a niño de la calle vendiendo caramelos. Yo, estoicamente, seguía ahi pues, chinche también. Creo que mi presencia debió incomodar demasiado a la otra chinche porque volteó y mirándome con esa cara de 'qué cosa' que solia regalarle a uno de vez en cuando, me dijo, ¿si?, y yo, eh... ¿podrías prestarme tu cuaderno un ratito?, ¿qué no has ido a clases? -pregunta de lo más perenceja la que me hizo-, no pues llegue tarde, bueno a mi no me gusta prestar mi cuaderno sabes así que te lo doy para copiar aqui nomas. Ni modo, me lo dio de mala gana. Yo tratando de pasar piola, desviaba mentalmente a los globulos rojos que empezaban a parquearse en cada rincón de mi cara. Ya, avance, avance (tocando pito), circule, circule; ¡no entorpezca el tráfico, hombre!. Así, acercando mi mente a cualquier desvarío que me alejara del bochorno, tomé su cuaderno y di una hojeada a sus notas: nada, nada, nada y nada. Creo que hasta el más monse de mis conocidos tomaba mejores apuntes que esta tía, ni qué decir de las cucarachitas apiladas que me recordaban su letra. Hice como si leyera y tomara algunas notas, luego le devolví su palimpsesto, le di las gracias y me borré. La equina ni vista me dio. Creo que sabía de lo mío.
Unas semanas después la chinche me preguntó en una fiesta, cuando estaba medio ebria, si creía que era sobrada. Con una sonrisa maliciosa le dije que sí y casi se pone a llorar. Me soltó todo un rollo sobre su tortuosa vida, su pasado con Luis Arturo a quien yo conocía y otras cosas más. La escuche por lástima porque todos la habian dejado sola, decidí no molerla a palos; virtualmente, claro. Aunque viéndolo en retrospectiva creo que debí haberla agarrado, mínimo, como piñata. Pero bueno... ya me estoy alejando mucho de Alheli y mejor vuelvo con ella que nunca le gustó que la dejara sola.
Recuerdo la primera vez que la vi. Eran los primeros días del verano y yo estaba sentado en las losas de cemento que colgaban verticales de las paredes afuera del salón. Ella llegó con una cafarena azul cargando una maleta casi incorpórea, una especie de jaula rectangular en la cual paseaba sus libros y cuadernos como si estos fueran pajaros ornamentales, o quien sabe para ella, fieras que prefería mantener encerradas pa'que no muerdan. Con todas, la cosa es que esa belleza llegó, depositó su jaulita a sus pies y fue ahí, cuando se incorporaba, que levantó la mirada y ¡boom!, ¡flechazo!. ¡Ay, diosito!, juro que en ese momento creí haber descubierto el amor porque dije ¡diosito lindo, ahora sí te lo juro de verdacita, preséntame a esa belleza para poder morir tranquilo!. Y a dios debio haberle hecho mucha gracia mi pedido porque ese pedazo de chica me mostro los dientes diciendo hola, y yo dije hola, y ahora qué más le decía, y ella que me queda mirando como esperando que yo diga algo, y rayos que no se me ocurre qué decirle, que tampoco quiero decirle cualquier disparate, y ella que me hace oyitos y recoge su maleta y me dice nos vemos y el alma que me vuelve justo a tiempo para responderle ok nos vemos luego, y el corazón que se me quería saltar del pecho va bajando el paso mientras Alheli va entrando al salon. Y yo diciendo gracias, diosito, gracias, hoy creo en ti, tomé mi maleta y me fui tras ella.

Sue


Su primer amor fue su espejo
Su segundo amor fue su reflejo en el espejo
Su tercer amor fue pasajero

Ahora sonríe.

El silencio no puede seguir siendo mi lenguaje, aunque siempre me acompañe; como tu sombra caminando por mi cuarto, como tu silueta tendida junto a mí, la luna llena te recuerda y me hace recordarte. Pero qué va, tu voz fue sólo el eco de unas flores. No estás aquí y afuera llueven gotas de tus besos, de labios mojados a mediados de febrero, de pupilas dilatadas como el timbre de tu voz.

Me despido de unos ángeles sin decir sus nombres. No los recuerdo y ya tuve suficiente de su ambrosía. De sus preguntas sin respuesta, de sus secretos imposibles de guardar. Un gesto puede rehacerlo todo, me han dicho y quiero creerles. Entonces juego a esperar tu rostro dibujarse en mi ventana, lejos de este lugar y de su tiempo. La niebla se congela en tus pupilas y vuelvo a encontrarte en una estación cuyo nombre no recuerdo. Decido no pronunciar las palabras que jamás se sucedieron. Decido regresar sobre mis pasos y contenerlas en silencio. Decido deshacer todo lo dicho y todo lo hecho. Decido desatar este nudo que siempre me conduce a ti y a nada.

Decido tu olvido.

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infinito...

Biblioteca Luis Henández - PUCP

Odio mi calle, porque nunca se rebela a la vacuidad de los seres que pasan por ella. Odio los buses que cargan esperanzas con la muchacha de al lado, esperanzas como aquellas que se frustran en toda hora y en todas partes, buses que hacen pecar con los absurdos pensamientos, por eso, también detesto esos pensamientos: los míos, los de ella, pensamientos que recorren todo lo que saben vulnerable y no se cansan. Odio mis pasos, con su acostumbrada misión de ir siempre con rumbo fijo, pero maldiciendo tal obligación. Odio a Cali, una ciudad que espera, pero que no le abre las puertas a los desesperados.

Sí, odio a Cali, una ciudad con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices, no pueden asegurarlo. Odio a mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad. Odio mi pelo, un pelo cansado de atenciones estúpidas, un pelo que puede originar las mil y una importancias en las fuentes de soda. Odio la fachada de mi casa, por estar mirando siempre con envidia a la de la casa del frente. Odio a los muchachitos que juegan fútbol en las calles, y que con crueldades y su balón mal inflado tratan de olvidar que tienen que luchar con todas sus fuerzas para defender su inocencia. Sí, odio a los culicagados que cierran los ojos a la angustia de más tarde, la que nunca se cansan de atormentar todo lo que encuentra… para seguir otra vez así: con todo nuevamente, agarrando todo, todo ! Odio a mis vecinos quienes creen encontrar en un cansado saludo mío el futuro de la patria. Odio todo lo que tengo de cielo para mirar, sí, todo lo que alcanzo, porque nunca he podido encontrar en él la parte exacta donde habita Dios.

Odio a mis amigos… uno por uno. Unas personas que nunca han tratado de imitar mi angustia. Personas que creen vivir felices, y lo peor de todo es que yo nunca puedo pensar así. Odio a mis amigas, por tener entre ellas tanta mayoría de indiferencia. Las odio cuando acaban de bailar y se burlan de su pareja, las odio cuando tratan de aparentar el sentimiento inverso al que realmente sienten. Las odio cuando no tratan de pensar en estar mañana conmigo, en la misma hora y en la misma cama. Odio a mis amigas, porque su pelo es casi tan artificial como sus pensamientos, o porque todavía no he conocida ninguna de 15 años que valga la pena para algo inmaterial. Las odio porque creen encontrar en mí el tónico ideal para quitar complejos, pero no saben que yo los tengo en cantidades mayores que los de ellas… por montones. Las odio, y por eso no se lo dejo de hacer porque las quiero y aún no he aprendido a amarles.

¿Es que sabes una cosa? Yo me siento que no pertenezco a este ambiente, a esta falsedad, a esta hipocresía. Y ¿Qué hago? No he nacido en esta clase social, por eso es que te digo que no es fácil salirme de ella. Mi familia está integrada en esta clase social que yo combato, ¿Qué hago? Sí, yo he tragado, he cagado este ambiente durante quince años, y, por Dios, ahora casi no puedo salirme de él. Dices que por qué vivo yo todo angustiado y pesimista? ¿Te parece poco estar toda la vida rodeado de amistades, pero no encontrar siquiera una que se parezca a mí? No sé que voy a poder hacer. Pero a pesar de todo, la gloria está al final del camino, si no importa.
La odio a ella por no haber podido vencer a su propia conciencia y a sus falsas libertades. La odio porque me demostró demasiado rápido que me quería y me deseaba, pero después no supo responder a estas demostraciones. La odio porque no las supo demostrar, pero ese día se fue cargando con ellas para su cama. Yo la quiero muchacha estúpida, ¿no se da cuenta? Pero apartándonos de eso la odio porque me originó un problema el berraco y porque siempre se iban con mis palabras, con mis gestos y mis caricias, con todo… otra vez para su cama. Pero, tal vez, para nosotros exista otra gloria al final del camino, si es que todavía nos queda un camino… quién sabe…

Odio a todas las putas por andar vendiendo añoraciones falsas en todas sus casas y calles. Odio las misas mal oídas… Odio todas las mías. Me odio, por no saber encontrar mi misión verdadera. Por eso me odio… y a ustedes ¿les importa?
Sí, odio todo esto, todo eso, todo. Y la odio porque lucho por conseguirla, unas veces puedo vencer, otras no. Por eso la odio, porque lucho por su compañía. La odio porque odiar es querer y aprender a amar. ¿Me entienden?. La odio, porque no he aprendido a amar y necesito de eso.

Por eso odio a todo el mundo, no dejo de odiar a nadie, a nada…
A nada
A nadie
Sin excepción!

(De Infección, Andrés Caicedo)

¿Recuerdas cuando éramos niños y la oscuridad era lo único que nos cautivaba? Tú encerraste al sol en tu mirada para que su brillo no me cegase y lo alejaste. ¿Recuerdas la fiesta en que me odiaste? Sí, lo sé, fui un bobo, querida. Aún recuerdo tus llamadas trasnochadas:
-¡Eres un huevón! –me decías- ¡por qué tuviste que hacer eso! -y yo, no sé.
El tiempo nunca jugó justo con nosotros, mi dulce Liria. O quizás lo hizo, pero estábamos tan acostumbrados a la noche que no supimos reconocer sus señales en medio del día. Ahora que estás del otro lado del océano, lo siento.
Extraño tus vuelos nocturnos al ras del suelo, pues aunque alas tenías, solías marearte en las alturas. Y ahora que has plegado tus alas en el cielo, ahora que te sabes sin límites y no alcanzo a distinguir tu aleteo en el horizonte, se hace más grande mi nostalgia.

Nostalgia, quizás sea eso lo más grande que tenemos, quizás sea lo único capaz de hacerle contrapeso a nuestros sueños, mi querida Liria. Pues hay nostalgias que se llaman sueños y sueños salpicados de nostalgia, como aves perdidas en medio de la noche y lechuzas confundidas en medio de la tarde. Aunque pocas, como tú, se saben admiradas bajo el brillo de esa estrella medianera, aquella luz que supiste guardarme tras tus ojos para que atardeciera siempre en tu mirada.

Ella nunca traicionó su palabra. Tomó su varita mágica y se desvaneció en el aire. Instantes antes me había pedido que le tomara una fotografía, después me había dicho al oído: Esta imagen prueba que existo; esta noche, al menos, existo. No sé mañana, pero esta noche soy. No lo que quiero, ni lo que espero, ni siquiera lo que quieres de mí. Esta noche simplemente SOY.
He decidido dejar atrás este mundo intoxicado No fumaré más de esos cigarrillos sin filtro que ustedes suelen lanzar. No beberé más alcohol. No viviré más la noche mientras ésta acorte mis días. Porque no. Porque la noche agota mis recuerdos y sin estos pierdo lucidez… aquella facultad que necesito para poder sobrevivir.
La noche me envejece, ¿sabes?… y no de esa manera, sino de otra; aquella más profunda que también te hace partir.
Adios.


Me encontré un ángel (otro).



Domingo por la tarde en casa de Alberto. Mientras conectamos los equipos, abrimos un par de cervezas... como para ir calentando. Ricardo marca el tiempo y arranca, lo seguimos sin pensarlo. La música tiene su propio lenguaje, casi nunca decidimos qué vamos a tocar, simplemente tocamos y las cosas van saliendo solas. Este pasaje me gusta porque es clásico: un inicio algo desordenado, cada quien va probando sus notas, se experimenta, se equivoca, y la música va haciéndose camino.

Guitarra: Alberto, Bajo: Véler, Batería: Ricardo.

Lo que quiero decir
Es que no tengo nada que decir
Que todo lo que digo
Lo digo solamente
Solamente lo digo
Sin decir nada
Que mis palabras son fragmentos
Balbuceos de una frase oscura
Migajas de una vieja historia
Repleta de personajes
De señores y señoras que pasean
Bajo grandes cielos mudos
Sin saber que su sonrisa
Sus vestidos y sus huesos
Paseaban tranquilamente
Hace millares de años
Y seguirán paseando todavía
Millares de años mas.
Fragmentos
De una catástrofe celeste
De un insondable estornudo
Tan parecido al amor
Y hasta a la misma muerte
Que no distingue la arcilla
De la nada y nos sorprende cada día
Amarrados a una cama o una silla
Bajo la misma luz miserable
El mismo desolado torbellino
Como el balbuceo de una frase oscura
Y sin embargo centelleante
Que todo lo dice claramente
Sin decir nunca nada.

(De Arte Poética, Jorge E. Eielson)

Baste con decir que el viernes 26 ella partió hacia otras orillas a disfrutar de nuevos atardeceres. Desde aquí, mis gracias para todos los amigos que nos acompañaron.

Mi mamá vive enchufada a un respirador / Mi papá vive enchufado a un televisor / Mi hermano vive desenchufado / Por eso me refugio en la palabra que no hiere / la que libera sin promesa, siempre.

Cuando escribí este sonsonete hace algún tiempo, lo hice riendo sin reír en serio -porque la risa también es algo serio cuando no viene impostada de ironías ni sarcasmos-, como un simple ejercicio de liberación de culpas, de expulsión de estigmas o qué se yo. Hubiera preferido escurrirme las penas como perro que se sacude el agua del pelaje de un solo sacudón, pero no soy así de peludo. Entonces, sólo me quedó la palabra para distraer al niño asustado que se sabía solo en medio de la habitación oscura y luchaba por borrar de su mente a los demonios invisibles que lo acechaban desde allí. Palabras color tristeza para iluminar tenuemente su sonrisa.

Mechita me dijo hace unos días que me soñó llorando y que me contaba de su sueño empezando la mañana para que éste no se cumpliera -creencias de su parte bruja-.

Mi mamá está tendida en su cama, llorando, balbuceando. Acerco mi oído y trato de entender las cosas que me dice, que creo me dice, a mi o a otro alguien en la habitación. Oigo, entiendo. Está rezando, pidiendo perdón aunque no sabe porqué tiene que pedirlo -ni ella, ni nadie-. Dolor es lo único que siente desde hace tanto y no sabe la razón; nadie la sabe. Pide algo. Me pregunto si el cielo también tiene silencios negativos.

Me acuerdo del sueño de Mechita.

Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.

A.P.

6:00 a.m.

Llega Amarilla de una fiesta y me dice oye Pink cómo vas? y yo le contesto bien, todo va bien. Salvo mi corazón, todo va bien. Amarilla tiene el pelo revuelto, me acaricia y yo le doy un arañazo en una nalga, como para no perder la costumbre. Amarilla se dirige a la cocina y se prepara un café, mira por la ventana, se acaricia el pelo y me dice que la vaina está jodida y yo pienso que en verdad todo está jodido. Los árboles están jodidos, las calles están jodidas, el cielo está jodido. Las palomas están jodidas. Mierda. Yo también estoy jodido. Me dan ganas de ahogarme en salsa de tomate.

7:00 a.m.

Rojo o tal vez azul. No sé. El sofá donde está sentada tiene tal vez esos dos colores. Amarilla se fuma un cigarrillo. Se lo fuma sin afán. El humo azul de su cigarrillo me envuelve. Amarilla me lo echa directo a los bigotes. Amarilla se arregla las uñas y me corta uno de los bigotes. Puta mierda. Siempre hace lo mismo cuando está deprimida. Luego subimos a la azotea y Amarilla abre los brazos, respira y me dice que la mañana está perfecta para suicidarse. Entonces me agarra y me lanza a otra azotea que queda más abajo y yo doy vueltas y vueltas y por mis ojos pasan el cielo azul, los edificios, las nubes, el sol, las ventanas, los ruidos y finalmente caigo parado en la otra azotea en medio de un poco de ropa extendida y digo, mierda, esta Amarilla es cosa seria. Subo hasta donde está Amarilla y me acurruncho entre sus piernas y pienso, mierda qué rico. Me arrepiento de haber pensado en ahogarme en salsa de tomate.

(Opio en las nubes, Rafael Chaparro)

Todo el mundo iba allí, el mundo por allí pasaba. El de conciencia social tenía que atravesar el sector bajando la mirada, yendo a hundirse en sus libros y a la cama temprano. Ellos, en ese como dulce y permanente movimiento de moscas, envolvían y polarizaban cualquier ofensa. Algunos, los más inquietos, les reprochaban su falta de talento para apreciar la noche, para tomársela, como decíamos, lo que significaba entonces que eran viejos, y otros, aún inteligentes, no salían de la certeza de que cuando llegara la hora de avaluar esa época, ellos, los drogos, iban a ser los testigos, los con derecho al habla, no los otros, los que pensaban parejo y de la vida no sabían nada, para no hablar del intelectual que se permitía noches de alcohol y cocaína hasta la papa en la boca, el vómito y el color verde, como si se tratara de una licencia poética, la sílaba no gramatical, necesaria para pulir un verso. No, nosotros éramos imposibles de ignorar, la ola última, la más intensa, la que lleva del bulto bordeando la noche. Cuando llegó fue mágica. El repentino fuego de los autos, las montañas a morado, la música de palmoteos y saltos y chillidos que entonaron los muchachos, yo sonreí y mis dientes y los de Mariángela se vieron brillantes en la nueva oscuridad, con fuerza de marfil, como para no cariarse ni acabarse nunca: digo, no es un proceso corriente tener que acostumbrarse a una noche que siempre llega así, siempre excepcional. Tal costumbre tiene que implicar locura. Por eso somos como somos.

(Que viva la música, Andrés Caicedo)

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Mentiría si dijera que no escribo para ti, aunque no seas tú mi único motivo. Ni el primario en realidad. Escribo para todos los ángeles que han sabido alumbrar mi camino en sus tramos diversos; los que me enseñaron a perder el rumbo y a evadir las rutas de salida, a confundir la noche con el día, a no saber morir. Escribo para los amigos desconocidos que encontré en bares desconocidos, a los prófugos y a los cautivos, a las botellas vacías, al lenguaje universal de la noche. Escribo para los amores olvidados que buscan ser reivindicados, para los rostros transparentes que iluminaron mi sonrisa transparente, para aquellos que jamás volveré a ver. Escribo para una chica que caminó conmigo una tarde de otoño vestida de verano. Para perpetuar en mi memoria los momentos que dijimos, las distancias que acortamos, los silencios que callamos. Y escojo esta forma fragmentada como mi alma hecha de retazos de papel y nicotina; cruda amalgama que intenta dar sustento a las formas de tu ausencia y de la mía en estos días de apertura y desolvido.



Este video lo grabé el pasado viernes 18 en El Directorio: Jr. Carabaya 937-939, Plaza San Martín, Centro de Lima. Al día siguiente tenía clases a las 9am. Y tenía que presentar un trabajo que, demonios, no había terminado (estaba verde). Pero poco me importaba. Esa noche la había reservado para escuchar a esta mujer. Demás está decir que no terminé mi trabajo esa noche y que llegué tarde a clases (pero llegué). Valió la pena.

No me preguntes nada de tus ciencias formales, erudita, porque nada sé. Pregúntame si quieres del vacío de la noche o de la lluvia que todo lo limpia. De las aceras mojadas camino de mi casa, de mis mañanas con sabor a naranja o del silencio que alberga mi alcoba cuando el sol se desangra. Pregúntame del camino del sol sobre las aguas de los ríos, de mis huellas extraviadas, de tus linderos prohibidos. De mi melancolía y su tibia soledad. Pero no me lances tus preguntas sin respuesta. Ni me confíes tus secretos imposibles de guardar, porque los guardaré; y eso me pesa. De verdad, me parte el alma. Mejor pregúntame de la noche y su silencio. De la tarde haciéndose vieja o de tu sombra crecida al ocaso del día. De la tristeza que marchita por momentos la alegría. De la belleza del dolor. Pregúntame por el sabor de sus mejillas, por el silencio en su mirada, por el lenguaje secreto de sus besos o el aroma del café por la mañana. Pregúntame de la luna y su cuarto creciente, del murmullo de sus bosques cada día más lejanos, de sus pechos de naranja, de sus labios meridianos. Pregúntame por el instante pleno de la tarde, por la sonrisa precisa que cura y alivia, por la poesía que no precisa de palabras, como cuando ríes y sé que de algo me hablas. Pregúntame por las cosas que no saben morir y te mostraré lo irrisorio de tus certezas absolutas, lo fútil de tus prisas cotidianas, la miopía de tus teorías prospectivas, el despropósito de tu eterna competencia. Pregúntame de esas cosas y, de las demás, lo que te plazca; pero no me preguntes nada de tus ciencias formales, sólo eso te pido. No me complace ese, tu saber.




I

Callas…
Algo me dices.
El tiempo se curva
en tu silencio, vorágine.
Atrapa tu voz
Y la luz busca refugio
en la palabra
que no hiere.

II

Yo conozco de ti
el verbo esquivo.
La manera traviesa
que tus besos,
tienen de la mar
(ese perfecto vaivén)

Tú conoces de mí
eco y sombra.
Luz difusa de silencio
que ata al verbo,
sin destello,
ni nostalgia.

Por eso digo, corazón,
que te amé sin reserva
y con el alma;
no con la razón.

III

Disculparás, mi ángel,
si la noche, del silencio,
no supo guardarte
la palabra esquiva;
el verbo sereno,
de la lluvia de mayo.

Pero el temblor
de tus cantos cerezos,
la luz que acompaña
a sus estaciones (todas)
La manera traviesa
que tus besos
tienen de la mar
-te lo he dicho-
Te suelen delatar.



Imágen: José Antonio Bao

En Santa Cruz,
Un rebaño de autos
Pasta la mañana
Las aves imitan
El canto de los Ipod
Y los claxon graznan
Infames melodías
Una ardilla cruza el cielo
De la avenida, oculta
Entre cables de alumbrado
El viento barre las hojas
Que manchan el paisaje
Y la hierba del otoño me recuerda...
Que aún sigo aquí

'tamare.

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-Oye, ¿te has cuadrado por la esquina o en la mañana saludé a un extraño? -me dice Susana.
-Ah, fuistes tú -respondo.
-Sí, pues, y tú ni caso. ¡Sobrado! -se ríe.
-Na' que ver. Lo que pasa es que en esa zona se cuadran todos los autos de Santander y pensé que estaban confundiendo mi auto con otro parecido, y que la chica que me pasaba la voz me confundía con alguien más; así que solo atiné a reírme y quitarme -le digo, obviando comentarle que mientras caminaba hacia la oficina pensé que podía haberme vacilado un rato saludando a la flaquita desconocida de manera muy efusiva, con la mejor sonrisa que encontrara en mis bolsillos, dándole a entender que no tenía la más remota idea de quien era, pero que le agradecía el gesto deseándole un buen día. Claro que después de pensarlo un rato dije naaaa', no vaya ser que me la cruce más tarde en la cafetería y le diga a sus amigas: ahí va el loco del parqueo... y que roche, pues.
-Oye, bacán tu carro rojo, ah -me dice mientras se marcha. No me da tiempo de responderle.
Me quedo pensando. O ambos hemos saludado extraños que se nos parecen o yo soy medio daltónico... porque mi auto, que sepa, es gris. Quizás eso explique en parte porque, en ocasiones, sólo veo grises donde los demás creen ver colores... aunque no explicaría porque suelo ver colores donde otros ven solo gris.



No sé porqué, pero tenía ganas de postear esta canción. Bueno, en realidad sí lo sé; pero no pienso decirlo. Va para los amigos.

El canto del alba
te dará la respuesta
belleza nictálope
No la noche
ni la luna
ni la estrella
ni la mar
Sólo la mañana
silenciosa
Como la arena
que te sueña
A través de la lluvia
Del tiempo
De tu andar

Kid

Mi bólido está puerco, sólo le falta decir ¡oink!. Camina mugriento bajo el sol y la lluvia de la avenida el Golf buscando confundirse entre la gente. El agua intenta acariciar su triste cutis, pero es inútil. A Kid lo cubre una férrea costra de polvo protector -como él suele llamarla-. Kid detesta el agua, detesta que lo limpie, detesta que lo limpien. Dice sentirse manoseado y ultrajado: a mi me llega. Yo me hago el loco y lo mando a lavar con Marisol. Prefiero que una mujer se encargue del trabajo sucio. Ella hace su mejor esfuerzo, pero no hay peeling ni pulidor que pueda componer su descolorida fachada -me ha dicho-. Kid tiene el rostro manchado, tiene vitilego, tiene psoriasis, tiene vergüenza. El resto de autos lo observa con desconfianza, algunos lo señalan con la llanta y ríen, otros lo observan de reojo y guardan su distancia, no vaya ser que Kid sea un resentido social y los ataque por su buena suerte, por su gesto adusto, por lucir ese juego de aros niquelados que tantos otros desean. Kid quiere ir al salón de belleza, es un dandi y no lo culpo, es algo innato a su especie. Quiere lucir como nuevo porque se siente nuevo. Yo le he dicho que eso no es posible, no porque su sentir no pueda no ser auténtico, sino porque los autos no sienten: los autos no tienen alma -le he dicho-. El me queda mirando, parece pensarlo, duda... ¡existe!... pero intuye que eso no ha de ser suficiente, que quizás le falta algo que los demás tampoco tienen... aunque no sabe qué es.

Son las piezas que sobran,
las que me interesan;
No las que completan el cuadro
,
sino las que no encajan...
Las que deciden su camino,
y su lugar.

Cuando el momento pierde su sentido
todo deja de ser importante,
hasta el crepúsculo de esa voz
que nos cubría del sol de la tarde
y llenaba sus silencios
amargos, como la noche
sin estrellas, de sonrisas.
Un jardín se descuelga
de la copa de un árbol
Ven -me dice.
Acuéstate conmigo
beberemos y cantaremos
historias imposibles
hasta olvidar nuestros nombres
Que la memoria de los árboles
y las nubes, sean una
con nosotros, aprenderemos
su lenguaje secreto
y escribiremos nuestros alias
en el vuelo de las garzas
Podremos ser felices.



Soy Pink Tomate, el gato de Amarilla. A veces no sé si soy tomate o gato. En todo caso a veces me parece que soy un gato que le gustan los tomates o más bien un tomate con cara de gato. O algo así. Me gusta el olor del Vodka con las flores. Me gusta ese olor en las mañanas cuando Amarilla llega de una fiesta llena de sudores y humos y me dice hola Pink y yo me digo, mierda esta Amarilla es cosa seria, nunca duerme, nunca come, nunca descansa, qué vaina, qué cosa tan seria. Claro que a veces me desespera cuando llega con la noche entre sus manos, con la desesperación en su boca y entonces se sienta en el sofá, me riega un poco de ceniza de cigarrillo en el pelo, qué cosa tan seria, y empieza a cantar alguna canción triste, algo así como I want a trip trip trip como para poder resistir la mañana o para terminar de joderla trip trip trip. Mierda, los días con Amarilla son algo serio. Voy a intentar hacer un horario de esos días llenos de sol, esos días un poco rotos, raros, llenos de humo, un poco llenos de café negro. Voy a hablar en presente porque para nosotros los gatos no existe el pasado. O bueno sí existe, lo que pasa es que lo ignoramos. En cuanto al futuro nos parece que es pura y física mierda. Sólo existe el presente y punto. El presente es ya, es un techo, una calle, una lata de cerveza vacía, es la lluvia que cae en la noche, es un avíón que pasa y hace vibrar las flores que Amarilla ha puesto en el florero, el presente es el cielo azul, es una gata a la que le digo eres cosa seria y ella me responde sí, soy cosa seria, mierda, el presente es un poco de whisky con flores, es esa canción con café negro, es ese ritmo con olor a tomate, ocho de la mañana, techos grises, teticas con pecas, nada que hacer I want a trip trip trip mierda que cosa tan seria.

(Opio en la nubes, Rafael Chaparro)

Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo
te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni
para los iniciados. Es para la niña que nadie
saca a bailar, es para los hermanos que
afrontan la borrachera y a quienes desdeñan
los que se creen santos, profetas o poderosos.

Jorge Teillier

Y esto lo escribí uno de esos otoños en primavera que vale la pena redimir...

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos
He vivido tanto que ya no puedo regresar
He sentido el frío más intenso de mi vida
He tocado el cielo y aún no aprendo a caminar

Te he buscado entre las sombras
he dibujado tu rostro en mi imaginación
te he soñado vestida de mil formas
y te he desvestido en más de una ocasión

Comí de tus manos y lo hice sin engaños
porque te quiero, porque te amo
porque a veces te odio y luego te extraño
porque no te tengo y no te hallo
porque no te siento y lo siento
porque estoy y no soy lo que quiero
sino tan solo lo que puedo ser
porque siento que no vivo y tan solo sobrevivo
a este absurdo estar sin ser
que es la vida
y su capricho.

Octubre, 1996

Esto lo escribí hace algunos años y en su momento me gustó lo suficiente como para adecuar el primer verso al coro de una canción que nunca llegué a grabar: Sandra.

¿Quieres saber tú de mi vida,

oír de mis penas y alegrías?
¿Quieres saber tú de mis pasos,
de mis aciertos y fracasos?
¿Quieres saber de mis temores,
de mi soledad, de mis amores?

¿Quieres saber tú de mi vida?
Pues mi vida es un erial
un agujero lóbrego y profundo
bajo un mar de soledad

Soy la suerte de un soldado
que camina entre la niebla
Un fantasma enmascarado
El ocaso de una estrella

Soy un rayo de luz
que se pierde entre tus sombras
Un hombre encarcelado
asfixiándose en su tundra

Soy lo que soy
soy lo que espero
y así como el silencio
soy algo pasajero

Soy el eco de tus pasos
soy la huella del rocío
soy lo que soy
soy lo que escribo

Junio, 1995



Algún día, amor
cuando el tiempo deje de ser
entenderás que no fuiste tú, ni fui yo
ni siquiera que fuimos los dos
quienes armamos este enredo
que tu dios, que también fue el mío
estuvo jugando con nosotros
sólo eso
y la lluvia
y nada más

Madeleine se esfuerza, me toma de las manos y respira hondo, como si toda su vida dependiera de ese último aliento. Se lanza, la pierdo de vista. Como un frasco de tinta derramado sobre el agua, sus cabellos flotan tomando formas caprichosas sobre ésta. Vuelve a emerger, estira sus brazos y empieza a patalear. Traga agua, hace puchero. Es imposible -me dice. Todo es posible si haces de tu vida una nube y te abrazas al cielo que reflejan estas aguas -pienso.

La memoria del río me sonríe: los ángeles han sido hechos para volar y no para el agua. Si dios quisiera que los ángeles naden los habría hecho peces. Cierto, decido entonces hacer de mi vida un cielo azul, que se manche de nubes solo a veces, sólo para que los ángeles puedan descansar, en sus tardes de vuelos sin escalas, al país de los recuerdos y paseos infinitos.

Todo empieza aquí, en este momento, en este lugar. ¿Que dónde estoy?, pues en algún rincón entre tu mañana y mi mañana, entre tu cielo y mi cielo, donde mi vida se hace una nube y la tuya un río para recoger las estrellas que desborda el universo. Hoy empieza mi viaje, ¿adónde iré?, no estoy seguro. Quizás hasta la última calle del último pueblo que dicen hay más allá de la última estación. Un lugar entre tus labios y mis versos que sólo he visitado en sueños, donde las cartas que escribes llegan siempre sin nombre ni dirección. Un lugar entre tus sueños y mis sueños, entre tu mañana y mi mañana, donde mi vida se hace un bosque y la tuya primavera, donde el lenguaje de las nubes no es más un secreto y mis tardes de febrero no más contemplación.

Verano de fines de los ochenta. Estamos con el Chino y el Pelo en casa de nuestro oriental amigo, recontra aburridos y sin nada que hacer. Aún estamos pimpollos como para ir a un bar a tomar unos tragos, así que nos conformamos con tomarnos, caleta, una chela en la sala del chino mirando al parque. Afuera pasea en bicicleta su vecina Johana, una rubiecita de ojos verdes que llama mucho nuestra atención. Cansada de dar vueltas por el barrio sin encontrar a nadie, vuelve a entrar a su casa. Le preguntamos al chino por ella, Toshio estalla en una carcajada fantasmagórica -si, esa risotada que hace temblar las estructuras de cualquier edificación- y ofrece darnos su número.
-¡Ya, cual es su fono, al toque! -le digo.
Entonces el Pelazo, cuando no, lanza un comentario venenoso:
-Para que quieres su fono si no la vas a llamar -¡auch!, eso me dolió.
-Guarda ahí, gusano -me pongo saltón-, te apuesto tres chelas a que la llamo.
-Si, cuñao... te doy media caja si la llamas.
-¡Sale! -ni monse para quedarme.
-Pero tienes que hablar con ella diez minutos, ¡mínimo!-añade poniendo cara de muy pendejo.
Lo pienso un rato... es media caja... ¡qué chu!...
-¡Ok! -acepto.
Tomo asiento al pie de la escalera, junto al teléfono. El chino vuela a buscar su agenda, regresa con el número en la mano y, todo desconfiado, disca él mismo el fono de la flaquita. En el segundo piso aguarda el Pelazo con la oreja pegada al otro anexo para monitorear la conversa.
El chino espera a que el teléfono de Johana timbre, me da el auricular y sube corriendo la escalera para sentarse, cachete con cachete, junto al Pelazo a escuchar todo lo que tenga que decir. Se cagan de la risa, les digo que se callen carajo que los van a oir. Alguien levanta el teléfono en la casa del costado, nos quedamos mudos.
-Aló -contesta una chica.
-Aló, ¿Johana? -pregunto tímidamente.
-¿Si?, ¿quien habla?
-Hola, Johana, te habla Bruno - ¡Chess! no se me ocurrió otro nombre, cruzo los dedos y espero que me confunda con algún conocido.
-¿Bruno? -pregunta extrañada.
-Si, Bruno... ¿no te acuerdas de mi? -replico con voz casi suplicante, media caja está en juego.
-Mmm... -odio oir esa horrenda consonante... debí haber escogido otro nombre... por un instante pienso que no voy a llegar ni a treinta segundos-. ¿Bruno? -agrega tras una pausa-, ¿el amigo de Carla?.
-¡Si!, ¡Bruno!, ¡el amigo de Carla! -repito cual loro.
-¿el primo de Raúl? -me sigue dando cuerda.
-¡Si!, ¡Bruno!, ¡el amigo de Carla!, ¡el primo de Raúl!, ¡cómo estás! -le respondo de lo más fresco.
-Ehh... ¡bien!... ¡bien!... -responde contenta-. ¿Y cómo tienes mi número? -cambia a intrigada.
Buena pregunta -pienso.
-Ehh... me lo conseguí por ahí. No te molesta, ¿no?
-¡No!, ¡no!.... es... es sólo que me extraña...
-¿Si?, ¿qué te extraña? -le pregunto.
-Pues... -baja el volumen y cambia de tono- ¿porqué me llamas a mi? -no sé qué decirle-. ¿No deberías estar llamando... no sé... a Carla? -pone énfasis en Car-la.
¡Caigo!, No sé quien será este Brunito, pero tiene algo con Carla y el muy pendejo está llamando ahora a la amiga... ni modo, pido disculpas al viento por los efectos adversos que esta conversación pueda traer y me dispongo a honrar una apuesta. Oigo las risas del chino y el pelo bajando las escaleras, par de aguantados... quieren ver el teatro.
-Pero... -respondo en tono calculador- Carla no tiene porque enterarse que te estoy llamando.
-No sé... -me responde alargando una "e" kilométrica. Parece pensarlo.
-¿Y tú crees que a Carla le moleste que te llame?, no lo creo... no pasa nada, flaca. Somos amigos, ¿no? -agrego con un cinismo impresionante, poniendo el parche antes que la cosa reviente.
-Bueno, si -responde alargando las palabras- pero... Carla es mi amiga...
-Y también es mi amiga -le digo.
-¿Si? -me responde con ese tonito de no-te-creo-ni-tu-nombre.
-Si -le digo.
-Pero... ¿acaso tú y Carla... no son más que amigos? -me desarma.
La cosa empieza a ponerse picante.
-¿Te parece?, no... somos amigos nomás... -respondo en tono abierto, tratando de minimizar la relación que pudiera existir entre Carla y mi supuesto yo.
-¿Si? -me responde con el mismo tonito-, digo... -continua- por lo que vi en la fiesta me pareció que ustedes eran más que amigos.
-Ah, la fiesta -digo.
-Si, la fiesta de Reynaldo, pues... tú estabas con Carla... ¿no te acuerdas?...
Qué interesante, me conoce de una fiesta -pienso. Continúo atando cabos.
-Bueno, si... pero normal, ¿no?, ¿acaso no puedo llamar a una amiga?-insisto.
-Si... normal, pero digo... yo soy amiga de Carla... -otra vez los tonos largos.
Ni conozco a Carla y ya empieza a caerme chinche. O sea que no puedo llamar a Johana porqué estoy con Carla, ¡que tal raza!, me dispongo a poner las cosas en su lugar.
-Pero Carla no va pensar nada -le digo-. Somos amigos y no hago nada malo llamándote, ¿no?
-Bueno... no... -responde algo incomoda-, pero igual, digo, me parece -putamadre, me cansan sus iteraciones.
Presiento que no voy a llegar lejos por ese camino, Johana no quiere chocar con su amiga Carla y si no me cuelga es porque me quiere pulsear... quiere conocer la clase de gusano con que está su amiga y hasta donde me atrevo a llegar... pero tampoco debo precipitarme... son diez minutos...
-Entonces, normal pues, no te paltees -bajo el tono.
-Bueno... -me sigue.
-¿Y tú, qué tal?, ¿cómo has estado? -el reloj sigue corriendo, el Pelazo suda frío, ¡ha apostado media caja!
-Ahí, bien...
No me dice nada más, como que no quiere hablar conmigo, aunque tampoco me quiere cortar. El chino me hace señas, te faltan cinco minutos, si, cinco más... no quiero regresar a lo de Carla y no sé de qué más le puedo conversar... a no ser que... me lanzo:
-Tú vivías por Cabo Gutarra, ¿no? -le pregunto.
-Ehhh, si... ¿cómo sabes? -se pone saltona.
Upss, ¿se supone que no debía saber eso? -pienso.
-Ehhh, Carla me contó -le digo.
-¿Sí?, ¿y qué más te ha contado Carla? -se me achora.
-No, nada, sólo eso...
-¿Y cómo así? -puedo leer entre lineas un
"acaso han estado hablando de mi".
-Lo que pasa es que el otro día estuve jugando fulbito por allí -le digo, medio barajándola.
-¡Has estado jugando fulbito por aquí! -auch, esa subida de volumen me dolió-, pero ¿tú no vives por la casa de Carla? -añade.
Upss, Carla otra vez, me terminó de caer chinche esa flaca.
-Si... pero a veces bajo a jugar fulbito por ahí con unos amigos -improviso, creo que casi laca.
-Mmm... ¿estás seguro que eres Bruno? -pregunta tonta, lo sé, pero juro que me la hizo.
-¡Si!, ¡Bruno!, ¡el amigo de Carla!, ¡el primo de Raúl!... ¡el de la fiesta, pues!
-Mmm... -otra vez esa horrorosa consonante, luego silencio, luego Johana vuelve a su cauce.
Debo manejar con pinzas la información que se supone no debería de tener. La rueda sigue avanzando.
-Tu tienes un hermano, ¿no?.
-Si, tengo dos, ¿porqué?.
-Ah... pues, creo que esa vez estuve jugando con el menor.
-¿Si?... ¿y cómo sabes? -se muestra cautelosa.
-Pues, se parecen... tenía tus ojos... se llamaba Beto, y Carla me dijo que tenías un hermanito como de su edad.
-¿Así?... bueno, sí... puede ser... pero él sólo juega en el parque frente a mi casa... ¿tú has estado jugando en el parque frente a mi casa? -pregunta incrédula.
-¿Vives frente al parque?, ¡no sabía! -¡cayó! sigo dándole vueltas al pollo.
-Sí -responde con auténtica sorpresa.
-¿Ese donde hay una virgencita?
-¡Sí! -suena aún más sorprendida. Este Brunito debe haberle resultado una auténtica caja de sorpresas... o una pulga en el trasero, una de dos.
-Bueno, entonces sí, he jugado allí. ¡Qué gracioso!. Quizás conoces a unos patas que hice por allá, uno se llamaba Daniel, vive frente al parque con su abuela.
-Ah, Daniel, si lo conozco más o menos.
Silencio otra vez, creo que debió haber pasado un batallón completo de ángeles junto a Johana... de esos que gustan robarle la voz a las chicas bonitas.
-Sabes, la otra vez fui a una reunión por allí -digo para romper el hielo- y estuvimos tomando unos traguitos -empiezo a complicar la trama- y más tarde aterrizó una mancha que no conocía, con tu hermanito.
-¿Si? -me sigue atenta.
-Si... oye, tu hermanito es medio... es medio...
-¡Es medio qué! -no me deja completar la oración, suena angustiada, creo que me entendió que medio maricón... me da un ataque de risa, me apuro en tranquilizarla.
-Digo... tu hermano y su manchita son medios juergueritos -sigo riendo.
-Ahh -espira aliviada... luego le sale de nueva la hermana mayor- ¿Y Beto estuvo tomando? -me pregunta- porque él sabe que no puede tomar- controladora, la flaquita.
-No, no, le dimos un vasito de ron con maracuyá nomás, tranquilo.
-¿Y qué hacía mi hermano con los grandes?
-No sé, creo que venían de jugar y pasaron por allí a saludar al del cumpleaños. Pero al rato vino tu hermano mayor, creo, y se lo llevó.
-Ah, ya. -tranquilita.
El chino me hace una T con las manos, tiempo cumplido, que ya cuelgue, que el teléfono está caro. Chino tacaño, como si tú pagaras el fono.
Me despido de Johana: te llamo otro día, OK, cuídate, tú también, chau, bye.
Cuelgo el teléfono y levanto los brazos: ¡Quiero mi media caja!
El Pelo se hace el loco, se caga de la risa y pretende olvidar la apuesta, cuando no... ¡Pelazo!. El chino propone un desempate. El Pelo debe hablar el mismo tiempo con otra flaquita. Toshio busca nombres en su agenda, se caga de la risa, el Pelo arruga la nariz, un atisbo de su incipiente misoginia... pero esa es otra historia.
Semanas después el chino me presentó a Johana.
-Hola, soy Bruno -le digo sonriendo.
-Hola, Johana -se presenta, achica los ojos, me queda mirando.
No recuerdo de que hablamos esa tarde, pero si tengo grabada la mirada de Johana... más que escucharme, parecía estar contrastando mi voz con la de aquel extraño que la sorprendió semanas atrás por teléfono, sobretodo mi risa.
Yo, fresco, inmutable, conversaba y bromeaba con el chino y los amigos de su barrio que iban saliendo de sus casas conforme se guardaba el sol. Formamos un círculo que ocupaba la vereda y parte de la pista como luciérnagas bajo la luz del poste. Johana era el foco de mi atención, escuchaba y reía, miraba y no miraba, parecía adivinar quien era yo, pero no decía nada. Después de todo, no eras una rubia tonta... pensaba.

Cuando nací, el mundo ya había sido creado, así que les ahorraré tiempo y les diré que no todos los males que lo pueblan provienen de mi. Bueno, sólo digo que no todos. Dicen mis padres que al nacer casi no la cuento, que de no haber sido por la cesárea hubiera terminado siendo ahorcado por mi propia madre... ok, por mi cordón umbilical -me corrigen-, que al fin y al cabo es para mí como una prolongación de sus extremidades y afectos infinitos. Creo que eso explicaría en parte porqué no me gustan ni las bufandas, ni el mantener un vínculo demasiado estrecho con ella: ambas pueden resultar asfixiantes. Y sí, es verdad; si examinan mi pasado amoroso verán que tengo una marcada tendencia a enamorarme de las primas de mis amigas, aunque existan notables disonancias que hayan contribuido a desmitificar esa regla. Y no, no suelo hablar en rima, ni le temo a los lugares plagados de gente, ni a las paredes que pueden escuchar las cosas que no siempre llego a decir. Es sólo que la vida en ocasiones te golpea, las cosas se complican, el tiempo no se sucede, y entonces los labios no ceden, no porque no quieran sino porque no deben y se rehusan a pronunciar las palabras que quisieras proferir. Y cuando eso se da, te sucede como al escritor que se enfrenta al terror de la página en blanco: o el silencio te mata o tú llenas ese vacío... en ocasiones, con palabras que no siempre quieres decir y que las sueltas como vienen: sin lavar, ni vestir… como las hallaste en el camino, sin preguntarte de donde venían, ni adonde querían ir. Y sigues ese sendero esperando que éstas te lleven donde quieres estar, y aguzas el oido al escuchar, el murmullo del riachuelo que emana del mismo corazón del bosque, que guarda a la niña cuyos ojos atraparon un retazo de sol en su mirada... y sin querer pierdes el rumbo, y buscas el camino de regreso intentando, tontamente, una melodía que encierre en parte las palabras que quisieras escuchar (antes de que el silencio lo engulla todo)… tu sonrisa en cuarto creciente.

New York, the safest big city in the world. But it is horrible, to fear the place you once loved, and to see a street corner you knew so well, and be afraid of its shadow. To see familiar steps, be unable to climb them. I never understood how people lived with fear. Women afraid to walk home alone, people afraid of white powder in their mailbox, darkness and night. People afraid of people.

I always believed that fear belonged to other people, weaker people. It never touched me and then it did. And when it touches you, you know that it's been there all along, waiting beneath the surfaces of everything you loved. And your skin crawls, and your heart sickens, and you look at the person you once were, walking down that street, and you wonder, will you?... will you ever be her again?

It is astonishing, numbing, to find that inside you there is a stranger. One that has your arms, your legs, your eyes. A sleepless, restless stranger who keeps walking, keeps eating, keeps living.

There is no going back to that other person... that other place. This thing, this stranger... she is all you are now.


Erica Bain (Jodie Foster), The Brave One - Movie.

Subió al taxi, se puso el cinturón de seguridad y le indicó la ruta más corta al conductor. Iba tarde para la oficina, pero tenía la esperanza de que el taxista obrara un milagro y lo dejase a tiempo para su reunión. Dió un vistazo alrededor y se topó con la mirada rígida de un San Martín de Porres atrapado en una estampita, dentro de una botita sobre el tablero del conductor. El rostro de San Martincito llamó mucho su atención, por un instante juraría que éste lo había estado mirando, pero ahora que lo observaba con detenimiento, veía que el santito tenía la vista fija en el techo raído del auto, la aureola triste y un gesto como de resignación. Las imágenes de los santos siempre le habían parecido tristes, pero por alguna razón esta imagen parecía contagiarlo de cierta desilusión y desencanto. Después de todo, ser una estampita no debía de ser muy divertido.

Trató de pensar en otras cosas para levantar el ánimo, como en la alegre botita que guardaba al santo de los peligros del mundo exterior. De seguro era la bota del hijo del conductor y su esposa debió ponerla ahi para que San Martincito le tenga a padre e hijo presentes y los cuide de los peligros que acechan las calles, sobretodo a su esposo que vive más expuesto a robos y atracos que el resto de choferes de la ciudad. ¡Plum, plum! -otro hueco-. El taxi avanzaba rápidamente, consultó su reloj y tomó el hecho con optimismo, tenía una oportunidad entre cinco de llegar a tiempo a su oficina y a ese ritmo podía lograrlo. El optimismo no le duró demasiado: dos luces rojas, un peatón casi arrollado y cinco mentadas de madre llegadas de afuera lo hicieron cambiar de opinión. Recogido en su asiento, miró al chofer de reojo con la intención de pedirle que disminuyera la velocidad, pero no tuvo valor para ello. Entonces pensó en la estampita, volvió la mirada a San Martincito y pensó que quizás este no estaba allí para proteger al maldito que andaba al volante, sino a pasajeros como él, que tuvieron la desdicha de abordar ese taxi. Se volvió a ver al taxista y éste ni caso, seguía con la vista enfrente esquivando autos, luces y peatones; entonces, cuando pensaba que nada podía ser peor sintió la turbulencia, fue como si el chofer le apuntará a todos los huecos, ojos de gato y rompemuelles que habitan las pistas de Lima al unísono.

Volvió a mirar la estampita con preocupación, vió el rostro de San Martín y se sintió identificado con su expresión, pensó entonces que de seguro San Martín no estaba allí para cuidar al piloto, ni siquiera para cuidar a los pasajeros, sino que se hallaba retenido contra su voluntad en ese estúpido zapato y con la vista clavada en el techo, rezaba al todo poderoso por conservar su integridad; después de todo, las estampitas son más frágiles que los humanos y, probablemente, más sensibles si consideramos que están recluidas en un universo de dos dimensiones, suelen vivir al borde de la asfixia o en las tinieblas cuando las usan como marcadores de lectura, o en un estado de vértigo y estrés permanente cuando son colocadas como guardianes de piedra en pequeños botines sudorosos y de higiene dudosa.

Pasó por un hospital y leyó a la volada un letrero que decía: no usar la bocina. Era predecible, fue como si una vaca voladora pasara por sobre su cabeza y dejara caer una plasta enorme sobre el claxon... el taxista no pudo resistirse, se pegó al caramelo y se despacho a sus anchas... el escándalo fue tal que ninguno de los dos oyó las advertencias ni advirtió la señal de Alto, nadie vió al camión virar sobre su izquierda... todo fue muy rápido...

Cuando despertó, lo primero que vió fue la cara del taxista, miró al cielo y se topó con la mirada de San Martincito. Aún atontado por el golpe, trato de incorporarse... sentía que estaba de pie, pero no lograba despegar sus manos del suelo. Miró a su alrededor, un gato y un ratón lo cercaban. El ratoncillo lo miraba con ojos asustados mientras que el gato parecía de piedra. Bajó la mirada y descubrió con pavor que se hallaba en cuatro patas, inclinó su cabeza sobre el plato que tenían a sus pies, no vió el rostro de un perro reflejado en éste, sino el suyo propio sobre el agua. A su costado, el rostro del niño que lo acompañaba. Volvió a ver al conductor quien ahora sonreía, la puerta del auto se cerró y una pasajera se sentó a su costado. El auto se remeció mientras ella se acomodaba en el asiento, no llegó a ver el rostro de la mujer, pero supo que pronto la tendría a su lado.

Los equipos están desconectados, hemos tocado casi dos horas en una Sala donde el aire -ya ni siquiera fresco- escasea y hemos desarmado todo el cableado al trote para fugar. Sugiero tomar una foto para el recuerdo (nunca hemos capturado imágenes en la Sala, sólo audio); ya pues, sale -me dicen-. Nos colgamos los instrumentos para la foto, preparo la cámara para la toma y en vez de cuenta regresiva, aprieto record: grabamos este tema a la volada, como salga, antes de escapar de ese horno.

guitarra: alberto / bajo: véler / batería: ricardo.

Nunca llegué a conocer su nombre, sólo supe de su peso, de sus gustos y sus arrebatos. Solía toparme con ella en la esquina de la oficina. Cada vez que tenía un antojo, salía a la esquina y allí estaba ella; siempre. Pronto me enteré que su debilidad eran los Tortees, que le aterraba llegar a pesar 60 kilos y que discutía con su enamorado porque no la recogía después de clases.

En ocasiones, al verme, ella parecia preguntarse si, a lo Jason Bourne, yo la espiaba desde algún edificio próximo con acceso a su ventana sólo para coincidir con ella en sus recesos; pero no, lo nuestro era natural, lo juro, como si el destino -si es que existe algo parecido- intentase ligar nuestros caminos.

Con frecuencia me preguntaba cual sería su nombre, hasta que un día le solté la pregunta y me respondió con una gran sonrisa que Erika.

-Erika, lindo nombre, aunque no sé porqué te veo cara de Alejandra. Quizás sea ese tu verdadero nombre y tu no lo recuerdes. Quizás sea que tus padres quisieron llamarte así y a la hora que el párroco les preguntó cómo se llamaría la niña sus bocas los traicionaron y no pronunciaron tu nombre sino el que otras bocas creyeron conveniente (sabrás que las bocas tienen un sindicato poderoso); o quizás fueron los oídos del curita quienes se rehusaron a escucharlo y lo cambiaron por otro para confundir tu identidad, sólo dios sabe con qué propósito o inescrutables intenciones. Pero dado que la verdad me ha sido revelada y ninguno de los anteriores artificios ha logrado ocultarme tu filiación, te llamaré, pues, Alejandra.

No exagero cuando digo que el rostro de Erika se congeló. Puso cara de sorpresa y así se quedó por un rato, como si hubiera dicho algo malo mas que extraño... no sabía que pensar. Finalmente, parpadeó y con media sonrisa me preguntó cómo era que sabía eso, que en efecto ese iba a ser su nombre, pero que sus padres decidieron cambiárselo casi a último momento cuando se enteraron que ya había una Alejandra en la familia.

El destino, una vez más, me hacía muecas desde la otra esquina. Desde esa fecha y hasta la última vez que la ví la llamé de diversas formas... y tantos fueron sus nombres... que no estoy seguro si en realidad se llamaba Erika, o si iba a llamarse Alejandra, o si sólo me dio cuerda y nunca se retractó.



Una de mis bandas españolas favoritas es El Canto del Loco, a quienes acusan de gays y plajeros, lo cual me tiene sin cuidado. Últimamente le he estado dando vueltas a este tema: "Desesperándome, te he buscado en mis sueños y ahogándome; volverá, seguro que volverá..."

Bueno, pues, tenía ganas de postear esta canción.

Hay momentos en que el mundo nos revela una manera distinta de ver las cosas, instantes únicos en que la realidad se nos muestra desnuda, libre de paradigmas y prejuicios, de rutina y cotidianidad.

Sentada en su pupitre al frente del salón, Lucilla cuenta en silencio los minutos que restan para el inicio de su clase. Juega con su cabello repitiendo un ritual que aprendió de niña, lo toma entre sus dedos, lo levanta hasta la altura de sus ojos y lo deja caer en cascada mientras recita un verso incomprensible; como le enseñó su abuela para diluir el tiempo y acortar las esperas.

Un ruido la retrae de sus pensamientos, Lucilla clava la mirada en el extremo opuesto del salón en busca de su origen. Sigue enfrascada en recuerdos de su infancia y, sin notarlo, se halla de pronto buscando formas familiares entre las manchas de pintura húmeda que dibujan las paredes del aula: el muro le sonríe, y ella, agradecida, le devuelve unos dientes níveos envueltos en una sonrisa perfecta. El recuerdo de esos días la llena de alegria, se siente relajada y animada, con ganas de disfrutar del momento, de lo simple, de lo obvio, del tipo de cosas que estando ahí, en nuestras narices, no siempre logramos percibir ni comprender.

Suena el timbre, termina el descanso y los alumnos regresan al aula. Lucilla retoma la clase, nadie parece notar su buen humor. Habla y sus palabras rezuman el halo de los alhelíes que crecen salvajes en el mediterráneo, su aroma inunda la sala y a todos los que estamos en ella. Lucilla circula una hoja de asistencia, veo su firma y se me antoja un garabato complicadísimo; si éste revela su personalidad, entonces es Lucilla una función exponencial compleja atrapada en una ecuación de orden superior indescifrable.

Lucilla sonríe, borra la pizarra y dibuja personitas sobre ésta: un pequeño círculo por cabeza seguido de cinco palitos -
zoc, zoc, zoc, listo!-. Sus movimientos reflejan gracia y armonía: antebrazo sobre el pizarrón, labios entreabiertos y una lengua juguetona que descuella en punta a través de su coqueta mordida, como guiando cada pincelada. Lucilla intenta aterrizar sus teorías sustantivas en esquemas y gráficos retóricos. El aire acondicionado se enciende, Lucilla sigue moviendo los labios mas no alcanzo a oir nada de lo que dice, el murmullo del ventilador apaga su voz. Sigue pintando ángeles en la pizarra y yo me apuro a imitarla en mi cuaderno.

No sé de que rayos está hablando, pero tampoco me importa demasiado. Me interesa aprender más de su sonrisa, de su mirada y de sus gestos. Alguien bosteza, levanto la vista, Lucilla sigue hablando sola. Todos parecen escucharla aunque nadie logra oirla en realidad. El aire frío empieza a disipar el aroma de alhelíes que hasta hace unos instantes cubría la habitación.

La contemplo con detenimiento, el frío reduce sus fuerzas restándole espontaneidad a su discurso. Trastabilla. Un ser diminuto nota su vacilación y la interrumpe con sarcasmo -lo odio al instante-. Ella sonríe y con algún esfuerzo vuelve a tomar las riendas de la clase. Me apuro en apagar el aire acondicionado que pareciera destilar kriptonita para Lucilla. Todos volvemos a oirla, gana confianza y un olor a jazmines intenta alojarse en la estancia.

Lucilla luce de nuevo espontánea e inteligente, vuelve a ser ella misma y su discurso se torna más ameno. Hace bromas y todos reímos. Ella también rie y sin notarlo empieza a jugar con su zapato. Lleva puestos unos tacones altísimos que no había notado antes, como si éstos hubieran crecido desde las baldosas. No está acostumbrada a calzar zapatos tan altos, se le nota, pero sabe que éstos le sientan bien a su trabajo. Da un traspie y con una habilidad felina recupera el equilibrio adoptando una posición de
encantada que revela su abdomen un instante.

Reconozco el lunar que adorna sus caderas, aquel que la acompaña desde la primera vez que la pinté en una tarde de octubre... miro al vacío tratando de recordar ese momento... La profesora me llama la atención, dice que atienda su clase y deje de pensar en las musarañas; todos ríen.
OK, le digo, fingiendo interés por sus palabras como si su clase me importara. La verdad es que me importa un comino. Vuelvo a lo mío, continuo dibujando formas caprichosas sobre su cuerpo y el cielo de la tarde gris. Lucilla sonríe, yo la sigo.

Tengo sueño, las pastillas me dan sueño, y el trabajo también; como la metafísica insondable de tus discursos que retumban mi cabeza igual que mil moscarrones batiendo sus alas a la vez.

Hace frío, me amodorro en los vapores de tu quintaesencia indefinida. Llenas mis pulmones y mis extensiones no colmadas. Un papel me separa de ti. Sonries.

He descubierto que aún puedo cantar con la voz impostada. Pasa una chica bonita, me sonríe. La vida es bella y tengo sueño.

Recojo mis pasos y los tuyos. Mis huellas van tras de ti. Es fácil seguir tu rastro de girasoles recién florecidos persiguiendo tu incesante taconeo.

Cierro los ojos, me echo a dormir.

Otra vez llego tarde al restaurante, todos los sitios están ocupados; ni modo, tendré que esperar pacientemente a que se desocupe una mesa para almorzar. Cinco minutos de pie a la entrada y me convierto literalmente en un sandwich ejecutivo, sólo que en lugar de rebanadas de pan, me veo atrapado entre el sol que ataladra mi cabeza y el bochorno del mediodia que empieza a trepar por mis zapatos, envolviéndome cual jamón a enrrollado. Maldición, ninguna mesa parece acabar.

Un par de chicas y un muchacho llegan y se paran a mi lado, buscan un sitio, como yo. Me espera una tarde pesada y lo único que quiero es almorzar de inmediato para regresar a la oficina cuanto antes.

Una pareja se levanta, los veo salir y espero a que la tía que atiende el local limpie la mesa para poderme sentar. Me confío, las chicas del costado aprovechan mi descuido, se hacen las tercias y se sientan a la prepo en el que sería mi lugar... aquel que estuve esperando por más de diez minutos bajo el ignívomo sol que azota miraflores cada verano a la una cruzando la pista; casi como canta el vals. No estoy de ánimos para discutir con ese par de brujas, sostengo un instante la mirada de la tía que ha sido testigo de la maniobra y espero solucione, como debe, aquella transgresión: que se acerque a la mesa donde se han sentado ese par de pendejas con su amigo y los mande a volar. Puedo ver a la tía haciendo un rápido cálculo mental: tres pagan más que uno, problema resuelto... la casa gana. La tía finge buscar algo en sus bolsillos, baja la mirada, da mediavuelta y desaparece en la cocina. Debí verlo venir... vieja de mierda, conchesumadre, siete años almorzando en este lugar y así me paga; ya fuiste -pienso.

Tomo mi celular y veo la hora, llevo quince minutos bajo el sol, me siento perturbado, la corbata me asfixia y lo único que deseo es salir corriendo de ahí: ahora sí se van todos al carajo.

Decido llevarme mis flujos futuros a otro lugar, a cualquier otro lugar, y me hago la promesa de no volver a pisar ese nido de sonrisas hipócritas nunca jamás... aunque en ningún otro sitio de por ahí cocinen tan bien; putamadre, me odio por esa promesa.

Recuerdo que en un principio empecé a ir donde la tía no tanto por su comida como por las chicas que atendían el lugar, dos flaquitas hijas de la dueña que estaban fuertes y contagiaban su alegría entre los comensales. Recuerdo esos veranos con nostalgia, todos los caseritos llegábamos puntuales y si nos atendía Carolita, pues teníamos dos buenos motivos para sonreir: el izquierdo y el derecho. Y si nos atendía Teresa, el clima era el mismo pero más fresa. En fin, como los perros de Pavlov, fuimos condicionados a reaccionar, fundamentalmente, a esos dos grandes estímulos. Fue así que después de un adiestramiento de dos años pasamos de babear por las hermanas Goyzueta a babear por la comida; y cuando las hermanas dejaron de ayudar a mamá en el negocio, pues nadie podía ya distinguir si continuábamos almorzando allí por la comida o por el fantasma de las hermanas que aún rondaba el comedor.

Regreso a mi incomoda situación. Abandono el lugar y bajo dos cuadras por Petit Thouars rumbo a Aramburú en busca de nuevos sabores y fantasmas. No veo nada bueno. Cruzo a la acera de enfrente, hay un nuevo local. Una señora vestida de cheff me invita a pasar: Arriba hay sitio -me dice-. Imagino que debe hacer un calor de los demonios allá arriba, después de todo, el aire caliente sube y desplaza al aire frio tierra abajo... o algo así... -me reprocho por pensar tantas tonterías-. Decido quedarme abajo, total, hay bastantes sitios y prefiero ver quienes pasan por ahi. Quien sabe, quizás reconozca algún rostro familiar, quizás un alma gemela que venga por mi camino o quizás a otro comensal que, como yo, esté huyendo del
espíritu mercantilista de la tía.

El salón se ilumina de súbito, reconozco una roja cabellera pasando tras de mi y subiendo las escaleras. Saluda a la dueña con familiaridad, revisa la carta y ordena. El espejo me devuelve una sonrisa burlona, la búsqueda terminó.

No hay sunset sin ti,
solo un sol desdibujado y
un reguero de estrellas
descargando
el firmamento.

Música sin ritmo,
compases sin cadencia,
silencio omnipresente
y tu ausencia.

Un dia sin ti no es menos dia,
es otra cosa.
Un reflejo parmenideano,
sustancia segunda sin esencia que evocar
es algo ineluctable,
es no ser,
es no estar.




Recuerdo el momento en que te conocí, llevabas puestas unas gafas menudas y un diáfano cerquillo vestía tu frente. Estabas ahí, parada en la puerta, con cara de niña curiosa y algo nerviosa, reconociendo el terreno, escrutando en tu mirada a todos los tios que trabajaban en ese lugar... hasta que me viste. Recuerdo que intentastes saludarme dándome la mano, yo me hice el loco y te di un beso en la mejilla. Ahora sé que debiste haberme odiado por un momento... no te gusta que te saluden de a beso y menos aún desconocidos; pero era inevitable, debía conocer a qué sabían los ángeles.


Viernes 19 de diciembre de 2003, cayendo la tarde. Increíble, no hay taxis vacíos en la calle, todos vienen cargados de pasajeros, todos quieren ver la final del Sudamericano: Cienciano-River. Los taxistas se dan el lujo de chotear gente y escoger la carrera que más les convenga, no pueden creerlo ni yo tampoco. Cada parada de taxi en la Av. Arequipa es una trápala de gente disputándose un lugar en el auto. Tuve que tomar mi combi nomás, caballero. No sabía que el pasaje estaba S/. 1.20, hacía mucho que no abordaba un colectivo, sentí el viaje interminable y la trayectoria dilatoria en exceso. Llegué a casa para el segundo tiempo (10 minutos), así que pude ver las expulsiones de La Rosa y García, la primera por gusto y, la segunda, también, como diría el Chavo. Y es que ese árbitro uruguayo fue un auténtico jijunagranputa. Igual, anotamos con 10 hombres en la cancha y terminamos jugando con 9. Un golazo de Postal el de Lugo: tiro libro, disparo a media altura, lado derecho de la barrera argentina, inalcanzable. Arequipa estalló a los 78 minutos del encuentro y al ver estás imágenes desearía que la euforia continúe hasta ahora. ¿Cuándo volveremos a ver un equipo peruano jugando así?